Lo peor que le puede pasar a una ciudad es tener dirigentes sin criterio propio, salvo que ese criterio esté supeditado en exclusiva a un medio de comunicación, en cuyo caso los resultados para la ciudad son nefastos. Eso es lo que pasa en Burgos, donde nuestro alcalde, Javier Lacalle, organiza toda su labor política en torno a Diario de Burgos.
Lacalle es un hombre gris, sin proyecto de ciudad ni capacidad alguna de gestión, pero tiene un mérito: la política de comunicación. Su obsesión por contar todos los días algo a la prensa, por generar una noticia o conseguir una foto es enfermiza, cuestión reconocida incluso entre los miembros de su equipo de gobierno. Tal es su obsesión que ha marginado al vicealcalde y portavoz del equipo de Gobierno, Ángel Ibáñez, que pasa a un segundo discreto plano que nadie conoce.
Es cierto que Diario de Burgos es el medio escrito con mayor difusión en la ciudad de Burgos. Esta realidad hace que Lacalle haya establecido una estrategia de total connivencia con este medio. A cambio de tratar bien al PP, el Ayuntamiento tratará bien a este periódico y a sus propietarios. Hay multitud de ejemplos de esta realidad que han hipotecado muchos de los intereses de la ciudad, pero en estos días hemos vivido el último episodio de esta relación que tanto perjudica a Burgos.
